En el rancho eran cuatro: Tules, el tata; la Chón
su mama, y el robusto hermano Lencho. Siempre María
estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos
estaban serios, ella estaba llorando; cuando todos
sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella
sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos,
para lavar trastes, para hacer rir ...
-¡Quitá diay, si no querés que te raje la petaca!
-¡Peche, vos quizás sos lhija el cerro!
Tules decía:
-Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas
de volarle la petaca, ¡diún corvazo!
Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincón, doblada
de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble,
como si se arrastrara. Se arrimaba al baul, y con un
dedito se estaba alli sobando manchitas, o sentada en
la cuca, se estaba ispiando por un hoyo de la paré a
los que pasaban por el camino.
Tenían en el rancho un espejito ñublado del tamaño
de un colón y ella no se pudo ver nunca la joroba, pero
sentía que algo le pesaba en las espaldas, un
cuenterete que le hacía poner cabeza de tortuga y que
le encaramaba los brazos; la petaca.
Tules la llevó un día onde el sobador.
-Léi traido para ver si usté le quita la puya. Pueda
ser que una sobada ...
-Hay que hacer perimentos defíciles, vos, pero si me
la dejás unos ocho días, te la sano todo lo posible.
Tules le dijo que se quedara.
Ella se jaló de las mangas del tata; no se quería
quedar en la casa del sobador y es que era la primera
vez que salía lejos, y que estaba con un extraño.
-¡Papa, paíto, ayeveme, no me deje!
-Ai tate, te digo; vuá venir por vos el lunes.
El sobador la amarró con sus manos huesudas.
-¡Andáte ligero, te la vuá tener!
El tata se fué a la carrera.
El sobador se estuvo acorralándola por los rincones,
para que no se saliera.
Llegaba la noche y cantaban gallos desconocidos.
Moqueó toda la noche. El sobador vido quéra chula.
-Yo se la sobo; ¡Aju! -Pensaba y reiba en silencio.
Serían las doce, cuando el sobador se le arrimó y le
dijo que se desnudara, que liba a dar una primera
sobada. Ella no quiso y lloró más duro. Entonces el
indio la trincó a la juerza, tapándole la boca con la
mano y la dobló sobre la cama.
-¡Papa, papita! ...
Contestaban las ruedas de las carretas noctámbulas,
en los baches del lejano camino.
El lunes llegó Tules, la María se le presentó
gimiendo ... El sobador no estaba.
-¿Tizo la peración, vos?
-Si, papa ...
-¿Te dolió, vos?
-Si, papa ...
-Pero yo no veo que se te rebaje ...
-Dice que se me vir bajando poco a poco ...
Cuando el sobador llegó, Tules le preguntó cómo iba
la cosa.
-Pues, va bien -Le dijo -Solo quiay que esperarse
unos meses. Tiene quirsele bajando poco a poco.
El sobador, viendo que Tules se la llevaba, le dijo
que por qué no la dejaba otro tiempito, para más
seguridá; pero Tules no quiso, porque la peche le hacía
en el rancho.
Mientra el papa esperaba en la tranquera del camino,
el sobador le dió la última sobada a la niña.
Seis meses después, una cosa rara se fué
manifestando en la peche María.
La joroba se le estaba bajando a la barriga. Le fué
creciendo día a día de un modo escandaloso, pero
parecía como si la de la espalda no bajara gran cosa.
-¡Hombré! -dijo un día Tules-, esta babosa tá
embarazada!
-¡Gran poder de Dios! -dijo la nana.
-¿Como jué la peración que tizo el sobador, vos?
Ella explicó gráficamente.
-¡Aijuesesentamil! -rugió Tules- ¡Mianimo ir a
volarle la cabeza!
Pero pasaba el tiempo de ley, y la peche no se desocupaba.
La partera, que había llegado para el caso, uservó
que la niña se ponía más amarilla, tan amariya, que se
taba poniendo verde. Entonces diagnosticó de nuevo.
-Esta lo que tiene es fiebre pútrida, manchada con
aigre de corredor.
-¿Eee? ...
-Mesmamente; hay que darle una güena fregada, con
tusas empapadas en aceiteloroco, y untadas con
kakevaca.
Así lo hicieron. Todo un día pasó apagándose; gemía.
Tenían que estarla voltíando diun lado a otro. No podía
estar boca arriba, por la petaca; ni boca abajo, por la
barriga.
En la noche se murió.
Amaneció tendida de lado, en la cama que habían
jalado al centro del rancho. Estaba entre cuatro
candelas. Las comadres decían:
-Pobre; tan güena quera; ¡Ni se sentía la indizuela,
de mancita!
-¡Una santa! Si hasta, mirá, es meramente una cruz!
Más que cruz, hacía una equis, con la linea de su
cuerpo y la de las petacas.
Le pusieron una coronita de siemprevivas. Estaba
como en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo
un grado abajo de los suyos; cuando todos se estaban
riendo, ella sonreía; cuando todos sonreían, ella
estaba seria; cuando todos estaban serios, ella
lloraba; y ahora que ellos estaban llorando, ella no
tuvo más remedio que estar muerta.
Salarrué
(Salvador Salazar Arrué, 1899 - 1975)
Cuentos de Barro